La Ola
Abril 16, 2010 por sariolHace unas semanas varios colegas nos juntamos para intercambiar opiniones sobre el Teatro de Operaciones Militares de la llamada Guerra Cultural. Entonces arreciaban los primeros “tiroteos” de la actual batalla mediática. Con inusitada violencia comenzaba el bombardeo mediático de un sector del poder parlamentario de la Comunidad Europea y España, acompañado de los ladridos de ciertos perros de la guerra de varias partes —algunos izquierdosos incluso—, y de los habituales escuderos del patio, todos bajo la sombra gris de los Neocons y los demo-blicanos de Usamérica.
Una de las propuestas fue repensar el film La Ola, del cineasta alemán Dennis Ganset. Y como conclusión del ejercicio intelectual cada quien puso sus criterios sobre el papel .
Oleajes del Poder.
Por Jorge Sariol.
La Ola (Alemania, 2008), no es una película inocente. De hecho ninguna manifestación del arte debería serlo. Pero su mayor o menor culpabilidad no es lo que más importa. Es una buena película, aunque no sea original ni en la factura ni el argumento.
La trama: un maestro que en medio de una clase de adolescentes intenta cambiar las reglas del juego, en este caso con un fin brutalmente aleccionador. A sugerencia de los propios estudiantes un profesor intenta modelar en el aula un ejercicio didáctico para demostrar que el anarquismo y la autocracia son riesgos latentes, incluso iguales si se trata de lanzarse a interpretar la autarquía sin más ni más. Sin embargo, la película no se expresa hacia la democracia como perspectiva, ni desde la democracia en sí como objeto de análisis.
No son inocentes ni los personajes —ninguno—, ni el guión, ni el mismo escenario: una Alemania post derrumbe socialista, in media res de la reunificación y en la pre-crisis global. Pero de las tres solo aparece implícita la última. La más importante para el caso.
Se funda entonces La Ola, un club social exclusivo, una banda de facinerosos, una horda incluso, una corporación tal vez…da igual. Lo que importa es aprehensión de lo negativo desde los hechos y en ese viejo sistema prueba/error, en el estilo más estrictamente escolástico de la letra con sangre entra, se desencadena la tragedia más allá del terreno educacional, que de todas las esferas del discurso antropológico es de por sí la menos democrática de las acciones humanas.
Cómo o por qué —desde sus individualidades de adolescentes— se integran todos y más, parece ser clave para entender la construcción social del aula: En su desborde poco a poco se vuelve absurdo el ejercicio mismo y el profesor no parece darse cuenta, ante el temor de buena parte de los espectadores, que han visto antes el mismo conflicto y adivinan el desenlace.
Era posible comprenderrlo desde el símbolo de las camisas, aunque sean blancas en vez de negras, y aún después de “institucionalizarse” el saludo del grupo, que recuerda el Heil Hitler, más cercano en el tiempo y en el espacio, que el Ave Caesar.
Es un juego que todos se toman muy en serio, incluso los que se burlan. Luego las cosas suceden como un reacción en cadena: imparables, avasallantes y trágicas.
El aula es el laboratorio. El aula sería la sociedad. El aula pudiera ser el futuro, parece advertir el director alemán Dennis Ganset.
Este es el nivel de los hechos de un film como La Ola.
En el lenguaje cinematográfico esto es contar una historia con una línea dramática bien construida, creíble y además contemporánea.
Pero el veredicto —de los espectadores— no puede partir de confundir arte con realidad y menos si se juzga solamente a partir de los hechos, sobre los hechos y nada más que de los hechos. Habrá entre el auditorio catarsis, canonizaciones, hogueras, autoflagelaciones…cada cual según su vivencias y de cada cual según proyección.
Pero en tanto arte, la película también tiene el componente del lenguaje, y precisa también de un análisis desde el nivel discursivo.
Aprovecha el día presente.
La película recuerda otras con el mismo ideotema. El Club de los Poetas Muertos, filme inglés dirigido por Peter Weir quizás sea el referente más destacado. Pero a diferencia de la británica, enfocada sobe la necesidad de asumir lo mejor de la individualidad hacia lo colectivo, escuchando el pasado, la alemana parece advertir del riesgo para el futuro de potenciar lo peor del individuo en función de lo peor de las formas de gobierno: la anarquía o la dictadura, que en la película parecen ser lo mismo.
Los personajes de La Ola pareciera que toman demasiado literalmente la segunda acepción de la alocución latina Carpe Diem —Aprovecha el día presente— que el profesor de la película inglesa repite como un vive el presente aprovechando sus mejores enseñanzas.
Vive el día, al día, es la esencia de los jóvenes de la clase alemana para promover La Ola.
Todos los personajes —extrañamente todos— son disfuncionales: tal vez por eso el guión sitúa la trama en un liceo, un escenario más concreto y por lo tanto más fácil de explicar y justificar. Todos expresan con palabras algo de sus incapacidades, desde el estudiante cordero que actúa como un replicante, al profesor que siente el peso de su falta de preparación pedagógica colegiada en relación con el resto del claustro.
Pero hay un detalle que le hace perder fuerza a La Ola. Karo, el personaje finalmente presentado como el más lúcido, quien advierte antes que nadie, desde su tenaz y resistente individualidad el peligro, se arriesga y en medio de las gradas de un stadium deportivo —euforia, energía y masas a borbotones—, distribuye valientemente octavillas con una mano silueteada y un Paremos La Ola, sobre una una masa de texto que se presupone es una declaración de principios.
Sin embargo el contenido no se hace explícito al espectador; el discurso ideológico desde la autarquía que promueve la chica como alternativa a la dictadura o la anarquía —nunca se da por sentado un referente al socialismo—, es sólo oponerse, como el sumum de la negación.
La película no es inocente, pero con ello deja de asumir su culpabilidad.
Esto le resta coherencia a esta brillante película que merecía ser culpable con conocimiento de causa en medio de tantos riesgos.
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